
Chile tiene una de las tasas más altas de trastornos de ansiedad en menores de Latinoamérica. Según la Encuesta Nacional de Salud Mental Infanto-Juvenil (MINSAL, 2022), cerca del 19% de los niños entre 4 y 11 años presenta síntomas clínicamente relevantes de ansiedad. Eso es casi uno de cada cinco niños en edad escolar.
Sin embargo, la mayoría llega tarde a consulta. No porque los padres no se preocupen, sino porque ciertas creencias muy instaladas hacen que los síntomas se lean como otra cosa: timidez, mal carácter, berrinches, o simplemente “cosas de niños”.
Este artículo desmonta cinco de esos mitos con evidencia.
Mito 1: “Es tímido nomás, así es su personalidad”
La realidad
La timidez y la ansiedad social son cosas distintas, aunque pueden coexistir. Un niño tímido puede sentir incomodidad inicial ante personas nuevas, pero con tiempo se adapta. Un niño con ansiedad social experimenta un miedo intenso y persistente a ser juzgado o humillado, que no cede con la familiaridad y que interfiere con su vida.
Las señales que distinguen ansiedad social de timidez:
- No quiere participar en clases aunque sepa las respuestas, por miedo a equivocarse delante de otros
- Evita cumpleaños, actuaciones o cualquier situación de exposición social durante meses o años
- Síntomas físicos antes de situaciones sociales: náuseas, taquicardia, llanto, vómito
- El malestar no disminuye aunque haya participado muchas veces en la misma situación
Un estudio de Beidel & Turner (2007) encontró que el trastorno de ansiedad social en niños, si no es tratado, tiene una alta probabilidad de persistir en la adolescencia y adultez, y está fuertemente asociado con depresión posterior y aislamiento social crónico.
Que sea parte de “su personalidad” no lo hace menos tratable. La terapia cognitivo-conductual tiene tasas de remisión de entre el 55% y el 85% en niños con ansiedad social (Walkup et al., 2008).
Mito 2: “Está buscando atención, lo hace para no ir al colegio”
La realidad
El dolor de guata del domingo en la tarde, el llanto antes de entrar a clases, el “me duele la cabeza” repetitivo del lunes en la mañana: estas quejas suelen leerse como manipulación. A veces lo son. Pero cuando son persistentes y se acompañan de otros síntomas, son la forma en que el sistema nervioso infantil expresa una angustia que el niño no puede verbalizar.
Los niños no tienen el vocabulario emocional de un adulto. No dicen “tengo ansiedad de separación” ni “me genera anticipación ansiosa el colegio”. Lo que dicen es “me duele la guata”.
La investigación en psicosomática infantil es clara: las quejas físicas funcionales (sin causa orgánica) son una manifestación legítima de malestar emocional. Walker et al. (2006) demostraron que niños con ansiedad tienen significativamente más quejas somáticas que niños sin trastorno de ansiedad, independientemente de si “quieren” o no ir al colegio.
La consecuencia de tratar esto como manipulación es doble: el niño aprende que su sufrimiento no es creíble, y la causa subyacente no se aborda.
Mito 3: “Si lo sobreprotejo menos, se le pasa”
La realidad
Hay una media verdad aquí que complica el mito. Sí, la sobreprotección sostenida puede mantener y amplificar la ansiedad infantil, porque impide que el niño aprenda que puede manejar las situaciones que teme. Eso es real y respaldado por la evidencia.
Pero la solución no es “exposición brusca” ni “dejar de protegerlo de golpe”. Eso puede traumatizar y empeorar el cuadro.
La exposición graduada y programada —uno de los pilares de la TCC para ansiedad infantil— es radicalmente diferente de simplemente “lanzarlo a la piscina”. Se hace en colaboración con el niño, con pasos acordados de antemano, con herramientas de manejo de la angustia, y en una secuencia donde el niño acumula experiencias de éxito.
Además, la relación entre sobreprotección y ansiedad no es unidireccional. Muchas veces los padres sobreprotegen porque el niño ya está ansioso, no al revés. Culpar a los padres de ser la causa única tampoco es útil ni preciso.
Lo que sí marca diferencia
- Validar la emoción antes de empujar a la acción (“entiendo que da miedo, y vamos a ir de todas formas”)
- No dar excesiva atención a las quejas físicas funcionales, pero tampoco ignorarlas
- Modelar tolerancia a la incertidumbre como adulto
- Trabajar con un psicólogo especializado en TCC para niños que guíe el proceso de exposición
Mito 4: “La ansiedad en niños se cura sola con el tiempo”
La realidad
Este es el mito más costoso de todos.
La revisión sistemática de Costello et al. (2011) sobre trayectorias de trastornos en niños y adolescentes mostró que los trastornos de ansiedad tienen alta continuidad longitudinal: cerca del 30-40% de los niños con trastorno de ansiedad sin tratamiento sigue presentando el trastorno en la adolescencia, y muchos desarrollan depresión comórbida.
El proceso que ocurre cuando no hay intervención no es resolución espontánea: es adaptación. El niño aprende a evitar las situaciones que le generan ansiedad. Con el tiempo, el mundo disponible para él se hace más pequeño. Las amistades se restringen, los logros académicos sufren, la autoestima disminuye.
Hay casos de ansiedad leve que se resuelven solos, especialmente cuando hay un factor desencadenante claro y temporal (un cambio de colegio, una enfermedad). Pero la ansiedad que persiste más de tres meses y que ya interfiere con el funcionamiento no “se cura sola”. Requiere intervención.
En el contexto chileno
Según el estudio de Carga de Enfermedad de MINSAL (2021), los trastornos de ansiedad son la primera causa de AVISA (años de vida saludables perdidos) por enfermedad mental en el grupo de 5 a 14 años en Chile. Es decir, la ansiedad infanto-juvenil no tratada tiene consecuencias medibles en salud pública.
Mito 5: “Si fuera ansiedad de verdad, se le notaría más”
La realidad
La ansiedad en niños no siempre se ve como en los adultos. No es necesariamente llanto constante ni ataques de pánico visibles. En muchos niños, especialmente niños con alta capacidad de adaptación o con tendencia a complacer, la ansiedad se expresa de formas que no parecen “ansiedad”:
- Perfeccionismo extremo: el niño que borra y reescribe hasta que “queda bien”, que llora si saca un 6,5 en vez de un 7
- Irritabilidad: especialmente en niños mayores y adolescentes, la ansiedad se expresa más como mal humor que como miedo visible
- Hiperactividad y dificultad para concentrarse: a veces confundida con TDAH, cuando en realidad el sistema nervioso está en estado de alerta permanente
- “El niño bueno”: el que nunca da problemas, es muy obediente, busca constantemente aprobación — puede estar manejando ansiedad de forma hipercontrolada
- Quejas físicas sin causa orgánica (ver Mito 2)
Que no se vea no significa que no esté. Y cuanto más tarde se identifica, más tiempo lleva el sistema nervioso funcionando en alerta sin recursos para regularse.
Mini-caso: Diego y los exámenes que “no le importaban”
Diego tenía 10 años y sus padres lo describían como un niño “tranquilo, sin problemas”. No lloraba, no hacía escenas. Pero en los últimos meses había empezado a tener episodios de vómito justo antes de las pruebas del colegio.
El médico descartó causa orgánica. El colegio decía que era “nervioso”. Los padres pensaban que “se le iba a pasar cuando se fuera acostumbrando”.
En la evaluación psicológica, Diego describió pensamientos automáticos muy claros: “si saco mala nota, mis papás van a estar decepcionados” y “si no soy de los mejores, no valgo”. El vómito era la expresión somática de una ansiedad por rendimiento que llevaba más de un año instalada.
Con 14 sesiones de TCC que incluyeron trabajo cognitivo (reestructuración de creencias de rendimiento), regulación somática y psicoeducación a los padres, los episodios de vómito cesaron y Diego comenzó a reportar que las pruebas “ya no lo ponían tan nervioso”.
(Caso ficticio construido con base en presentaciones clínicas frecuentes.)
¿Qué hacer si reconoces estos patrones en tu hijo?
El primer paso no tiene que ser un diagnóstico. Puede ser una consulta de orientación con un psicólogo especializado en infancia para evaluar si lo que estás observando merece seguimiento. Esa evaluación también te dará herramientas concretas como padre o madre para acompañar a tu hijo en casa.
Detectar a tiempo hace una diferencia real. La TCC para ansiedad en niños tiene tasas de remisión de entre el 55% y el 85% según el estudio y el diagnóstico específico (Walkup et al., 2008). Para casos con componente traumático, el EMDR puede complementar o reemplazar la TCC con resultados equivalentes o más rápidos.
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Preguntas frecuentes
- ¿La ansiedad infantil tiene tratamiento farmacológico?
En algunos casos, sí. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) se usan en niños con ansiedad severa, generalmente como complemento a la terapia psicológica, no como tratamiento único. La decisión es del médico psiquiatra infanto-juvenil, no del psicólogo. Para ansiedad leve o moderada, la TCC sola tiene evidencia suficiente sin necesidad de medicación.
- ¿La ansiedad en niños es hereditaria?
Hay un componente genético moderado, pero no determinista. Los estudios de gemelos muestran que entre el 30% y el 50% de la varianza en ansiedad tiene base genética. El resto depende de factores ambientales, estilo parental y experiencias de vida. Tener padres con ansiedad aumenta el riesgo pero no garantiza que el hijo la desarrolle.
- ¿Mi hijo necesita psiquiatra o psicólogo?
En la mayoría de los casos de ansiedad infanto-juvenil, el psicólogo con formación en TCC es el profesional de primera línea. El psiquiatra infanto-juvenil entra en casos más complejos (ansiedad severa, comorbilidades, cuando se evalúa medicación). Muchas veces trabajan en equipo.
- ¿El EMDR sirve para la ansiedad en niños o solo para el trauma?
Sirve para ambos. Cuando la ansiedad tiene raíces en experiencias específicas (un susto, una humillación, un episodio de bullying), el EMDR puede trabajar directamente esa memoria para reducir su carga emocional. También existen protocolos EMDR específicos para fobias y ansiedad generalizada en niños.
Fuentes
- Beidel, D.C. & Turner, S.M. (2007). Shy children, phobic adults: Nature and treatment of social anxiety disorder (2nd ed.). Washington: APA.
- Costello, E.J., Copeland, W. & Angold, A. (2011). Trends in psychopathology across the adolescent years. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 52(10), 1015–1025.
- Ministerio de Salud de Chile (2022). Encuesta Nacional de Salud Mental Infanto-Juvenil. Santiago: MINSAL.
- Walker, L.S. et al. (2006). Functional abdominal symptoms in pediatric patients. Journal of Pediatric Psychology, 31(2), 132–143.
- Walkup, J.T. et al. (2008). Cognitive behavioral therapy, sertraline, or a combination in childhood anxiety. New England Journal of Medicine, 359(26), 2753–2766.


